Acérrimos misoneístas, una vez al año sacamos la cabeza de nuestra jaula y nos convertimos en heliogábalos que tratan de olvidar el olor a cadaverina que rezuma nuestro catre. En ocasiones, ni siquiera hay que olvidar, porque percibimos el tufo tan sólo al regresar. Incautos y despistados caminamos sin darnos cuenta de que, a la vuelta de cada esquina, el destino puede esperarnos con un ramo de flores o una guadaña. A falta de presciencia, planificamos nuestras escapadas en base a estadísticas de clima y ofertas de vuelos, encorsetados por lo que apunta la mano que nos da de comer.
En esas estaba hace un año, cuando me fui a Roncesvalles con pintas de burdégano. Un mes después llegaba a Santiago de Compostela, tras haber recorrido a pie 800 km y haber compartido momentos inolvidables con personas que nunca imaginé encontrar.
No soy supersticioso, pero sí caprichoso, de ahí que haya intentado partir hacia Asia también un 2 de octubre. No ha podido ser, recojo bártulos el 3. No es pequeña diferencia: cuando deambulas sin compañía, el viaje está influenciado más por quien se cruza en tu camino que por el lugar a visitar; el peso de las casualidades se multiplica; los detalles se agigantan. La experiencia me dice que mi paseo en pos de la tumba de Santi, de haber empezado un día después, no se habría parecido en nada al que tuve.
Ya que no el viaje, comienzo este blog un año después de mi partida hacia Pirineos. No sé qué y a quién hubiera encontrado en caso de embarcar hoy hacia Hanoi; veamos que me depara el viaje al izar velas mañana.
Por los que fuimos y por los que seremos
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