Ayer tarde salté del autobús en Chiang Rai, entrada al Triángulo de Oro. Atrás quedaban las selvas de Camboya y los densos bosques laosianos. Pisar Tailandia vino a ser lo que decía aquella canción, Welcome to the Jungle. Seguro que aquí encontraré rapaces, carroñeros y mamíferos carnívoros a mansalva. A pesar de que Chiang Rai es una pequeña ciudad, no cuesta percibir que Tailandia dista mucho de los países por los que he pululado las últimas semanas; falta un cartel tal que “Bienvenido a Europa”.
Hoy, justo dos meses después de coger el atillo y marchar de casa, he estado en la antaño ilustre región áurea, que ha pasado de obtener divisas gracias a un sano cultivo de opio a facturar machacantes a base de exprimir turistas y arroz. Con los mimbres actuales ni Jonathan Swift haría un buen libro de aventuras, a lo más hay material para una teleserie de intriga, con asesinato cutre en pensión del extrarradio, a resolver por la Jessica Fletcher de turno. Nos olvidaremos, por tanto, de Enid Blyton, Roald Dalh, Muñoz Martín y de Twain, Salgari, Rohmer, Verne, Scott, London, Kipling, Stevenson, Fenimore, Melville y otros tantos corruptores de mentes infantiles y juveniles. El único oro que reluce es el del Becerro, que se ha comido el Triángulo.
Gran parte del camino fue similar a la Nacional I entre Madrid y Guadalajara. Tras casi 200 km. en moto de allá para acá, nada destacable. Eso sí, hoy he cumplido como un señor con un par de paletadas de órdago. En cuanto a Tailandia, ya me ha mostrado una de sus caras amables: calidad primer mundo, precio tercer mundo. A disfrutarlo y descansar.
El título del post parece el de una peli erótica italiana de los 70.