De viaje te mueves como transeúnte que va de compras a una gran avenida llena de tiendas y escaparates. Dentro, a un lado del mostrador, el cliente, al otro, el servidor. Lo malo es cuando la mercadería es de tu agrado pero no te llega el efectivo: mirar, pero no tocar. Algo similar sucede cuando viajas y te ves semi-obligado (obligar, no obligan a nada) a pasarte la vida detrás de un miserable cristal de autocar. Tienes un escaparate estupendo pero no hay manera de echar el guante. Se te escapa lo que deseas. De vez en cuando, abren una ventanita de espacio-tiempo, con la excusa de evitar colapsos urinarios, para que no revientes de frustración. Mis últimos viajes habían sido en coche o andando, y aquí probé dos días las delicias de la moto. Está claro que hacer lo que te da la gana es otra cosa. Viajar en autobús es barato, te permite conocer de vez en cuando a barbianes de tu palo, pero a mí no me compensa, con esa trágala, no más.
El trayecto entre Vientián y Luang Prabang, de 10 horas en autobús y digamos que la mitad en vehículo privado, es espectacular, valles entre altas montañas de caliza, pobladas de bosque continuo, collados a los que auparse y el Mekong serpenteando a su antojo. Con suerte, saldrás de él con una sucia foto como recuerdo; sin suerte, tu vecino de butaca correrá la cortina para evitar el sol mientras dormita.
Ayer aludía a la libertad del que viaja a solas y a que ésta sufre a veces coacciones. El autobús te quita poco menos que lo que ganas yendo a tu aire. Al autobús no le importa si conoces a los otros 40 fulanos o vas con ellos por azar, te los impone, junto con horarios, itinerarios y paradas, como el Registro Civil te endosa tus herederos legítimos. Mi lamento se deriva de que, en ocasiones, no hay otra opción (aparte de traer tu vehículo). Los países del Sureste Asiático bien merecen una visita, y afortunado el que pueda hacerla sin usar autobuses. Los hay que dirán que es parte de su encanto; sucede que a mí me agrada más elegir lo qué me debe encantar y ayer hubiera optado por parar varias veces a disfrutar de las vistas y los bares a pie de carretera. Me encanta llevar mi vehículo y parar en gasolineras apartadas y pueblos birriosos donde lo mejor que puede hacer uno, y con suerte, es perder el tiempo a lo tonto.